29/04/2026

47,4 kilómetros de nada: el carril bici fantasma de Lugo

Las bicicletas brillan por su ausencia y el Ayuntamiento sigue pintando asfalto. El nuevo PMUS promete la mayor red de carril bici de Galicia… sin un solo usuario a la vista

La imagen es tozuda. Un día soleado, hacia las 12 del mediodía, en un punto teóricamente óptimo para la circulación ciclista como es la Rúa do Carme. El resultado: cero usuarios en 30 minutos que estuvimos observando. Cero bicicletas circulando por un carril pintado que ha costado dinero público y que genera, cuando menos, perplejidad entre los viandantes y conductores.

Esta estampa no es fruto de la casualidad, sino el síntoma más evidente de un problema de fondo: se está construyendo la infraestructura sin que exista una demanda real que la justifique. En Lugo, la bicicleta no forma parte del paisaje urbano como medio de transporte. Y pretender que el simple hecho de pintar carriles va a generar una masa crítica de ciclistas es, cuanto menos, un ejercicio de ingenuidad política.

Una ciudad envejecida, ¿para quién pedalear?

Los datos del Instituto Nacional de Estadística son contundentes: Lugo presenta un índice de envejecimiento del 183,35%. Esto significa que por cada cien menores de 15 años hay 183 personas mayores de 65. No es un dato menor a la hora de planificar una red de movilidad ciclista.

Porque no todos los barrios son iguales. Mientras la zona del Auditorio registra un índice de 104,84 (el más bajo de la ciudad), en Orbazai la realidad es radicalmente distinta: 373,11 de índice de envejecimiento. Plantear el mismo modelo de carril bici para realidades sociodemográficas tan dispares es, cuando menos, una falta de sensibilidad hacia las necesidades reales de los vecinos.

¿Qué utilidad puede tener un carril bici en una zona donde la población supera ampliamente los 65 años? La pregunta debería hacérsela el equipo redactor del PMUS antes de extender la malla ciclista como si se tratara de una mancha de aceite.

Improvisación sobre asfalto

Pero si los datos de población ya invitan a la reflexión, lo que se encuentra sobre el terreno roza lo esperpéntico. Recorriendo los tramos ya ejecutados, el visitante se topa con auténticos despropósitos urbanísticos que delatan la improvisación con la que se está actuando.

La señalización es un galimatías: tramos pintados en rojo y otros en verde, sin que exista un criterio unificado que permita al usuario identificar con claridad por dónde debe circular. Pero lo más grave no es el color, sino los obstáculos que jalonan el recorrido.

Resulta sencillamente incomprensible que se habilite un carril bici y, acto seguido, se coloque en medio una plataforma elevada para el acceso al autobús. Es como si los que deciden esto no hubieran pisado la calle después de redactar el proyecto. La convivencia entre ciclistas, peatones y transporte público exige una coordinación que brilla por su ausencia.

La seguridad, además, se resiente. Conductores y ciclistas se enfrentan a una normativa sobre la marcha, con tramos que invitan a la confusión y cruces mal resueltos que son auténticas trampas mortales.

Primero e infraestructura de la mano

Uno de los argumentos más sólidos de los defensores del carril bici es que «para que lo usen, primero hay que construirlo». El razonamiento tiene cierta lógica, pero solo si va acompañado de políticas complementarias. Y aquí es donde el proyecto municipal cojea.

¿De qué sirve tener 47,4 kilómetros de carril bici si la ciudad no dispone de un servicio de alquiler o préstamo de bicicletas? Sin un parque móvil accesible para quienes no disponen de bicicleta propia, difícilmente se va a generar una masa crítica de usuarios. Las ciudades que han logrado integrar la bicicleta en su movilidad cotidiana (como Vitoria, Sevilla o las europeas del norte) lo han hecho combinando infraestructura con servicios de bicicleta pública, aparcamientos seguros y campañas de concienciación.

En Lugo, por ahora, tenemos carril pero no bicicletas. Es como construir una autopista sin coches.

¿Dónde están los potenciales usuarios?

Si realmente se quisiera hacer una apuesta estratégica por la bicicleta, lo lógico sería comenzar por aquellos puntos donde existe una demanda potencial real. Las zonas universitarias deberían ser prioritarias, ya que concentran población joven más predispuesta al uso de la bicicleta. Desde ahí se podría ir expandiendo la red hacia otras áreas, adaptando el diseño a las características de cada barrio.

Pero lo que estamos viendo es justo lo contrario: una implantación extensiva que no discrimina prioridades y que trata por igual realidades urbanas radicalmente distintas. El resultado es una red que nace muerta, con tramos que difícilmente verán circular una bicicleta en todo el día.

Falta de participación ciudadana

Quizás el aspecto más preocupante de todo el proceso sea la ausencia de participación vecinal. Implantar medidas para los ciudadanos sin contar con ellos es la mejor receta para el fracaso. Los vecinos de Orbazai, del Carme o de la Milagrosa saben mejor que ningún técnico municipal cuáles son sus necesidades de movilidad y qué papel podría jugar la bicicleta en su día a día.

Escucharles no es un gesto de cortesía política, sino una condición indispensable para diseñar una red útil y sostenible en el tiempo. Porque al final, un carril bici sin usuarios no es más que asfalto pintado. Y 47,4 kilómetros de asfalto pintado son 47,4 kilómetros de oportunidad perdida.

Repensar sobre la marcha

No se trata de estar a favor o en contra del carril bici. La movilidad sostenible es una necesidad inaplazable y la bicicleta debe jugar un papel en ella. Pero la forma importa tanto como el fondo. Un proyecto mal planteado no solo malgasta recursos públicos, sino que genera rechazo social y lastra futuras iniciativas.

Lugo necesita un carril bici, sí. Pero necesita aún más un plan de movilidad integral que tenga en cuenta su estructura demográfica, que priorice los tramos con demanda potencial, que resuelva con coherencia los conflictos con otros modos de transporte y, sobre todo, que ofrezca servicios complementarios que hagan posible el uso de la bicicleta.

Antes de seguir pintando kilómetros, quizás deberíamos preguntarnos si no sería mejor parar, escuchar a los vecinos y repensar el modelo. Porque 47,4 kilómetros de carril bici vacío no son un avance, son un monumento a la improvisación. Y Lugo merece algo mejor que eso.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies