Ana Pontón exigió la cabeza de José Tomé y la de sus avalistas, pero ahora su partido estÔ a punto de validar un gobierno provincial que depende de sus votos. La ética negociable del Bloque
El caso de la Diputación de Lugo ha desnudado la fractura entre el discurso y la praxis del Bloque Nacionalista Galego (BNG). Lo que se presentó como una lĆnea roja inquebrantable en materia de acoso sexual e integridad polĆtica se ha desdibujado en el altar de la conveniencia gubernamental, dejando al descubierto una contradicción que el Partido Popular aprovecha para cuestionar los fundamentos Ć©ticos del proyecto de Ana Pontón.
Hace apenas semanas, la lĆder del BNG era la voz mĆ”s beligerante en el escĆ”ndalo que salpicaba al PSOE lucense. Ante las acusaciones internas de acoso sexual contra JosĆ© TomĆ©, entonces presidente de la Diputación, Pontón fue taxativa: exigió su dimisión y su apartamiento inmediato, pidió responsabilidades a la dirección socialista gallega āa JosĆ© Ramón Gómez Besteiro y Lara MĆ©ndezā y amenazó con hacer caer el gobierno provincial bipartito si no se producĆa la renuncia. Era la encarnación de la ātolerancia ceroā, un discurso firme que buscaba diferenciar al BNG como baluarte de un nuevo modo de hacer polĆtica.
La realidad, sin embargo, ha impuesto un giro descarnado. TomĆ©, suspendido de militancia y renunciado a la presidencia provincial pero manteniendo su acta de diputado no adscrito y su alcaldĆa en Monforte, se ha convertido en una pieza aritmĆ©tica clave. Para investir a la nueva presidenta socialista, Carmela López, y para que el BNG conserve la vicepresidencia que ostenta EfrĆ©n Castro, los votos de TomĆ© y de Pilar GarcĆa Porto āa quien los nacionalistas seƱalaron como āencubridoraā por la gestión inicial del casoā no son solo Ćŗtiles, sino decisivos.
El PP, con Antonio Ameijide y Elena Candia al frente, no ha dejado pasar la oportunidad. āAna Pontón lleva semanas en un gobierno presidido por un presunto acosador y codirigido por una encubridora, y ahora falta saber si lo prorrogarĆ”n aceptando sus votosā, espetó Ameijide. La acusación es de hipocresĆa pura: haber levantado el estandarte del feminismo y la defensa de las vĆctimas para, acto seguido, sentarse a negociar āo al menos, a aceptar tĆ”citamenteā la perpetuación de un poder que depende de quienes personifican el problema.
Desde el BNG, la respuesta ha sido un ejercicio de ambigüedad estratĆ©gica. Insisten en su ātolerancia ceroā y trasladan la pelota al tejado del PSdeG, al que exigen que presione a TomĆ© para que entregue su acta. Pero se niegan a aclarar explĆcitamente cómo votarĆ”n en el pleno de investidura del 14 de enero. En su lugar, apelan a la āresponsabilidadā y al āinterĆ©s general de Lugoā, eufemismos que en la prĆ”ctica significan una cosa: la prioridad es mantener el gobierno y la influencia institucional, aunque eso implique transigir con quienes, segĆŗn su propio relato, no deberĆan tener cabida en la vida pĆŗblica.
Esta contradicción no es un matiz; es un terremoto polĆtico para la imagen del BNG. El partido que se presenta como una alternativa de limpieza y nuevos valores demuestra que, cuando el poder estĆ” en juego, los principios son negociables. La amenaza de ruptura se revela como un farol. La firmeza se diluye en cĆ”lculo. El mensaje final es devastador: la āĆ©ticaā tiene un precio, y en Lugo, el BNG estĆ” dispuesto a pagarlo con los votos de un presunto acosador y su entorno.
La situación en A CoruƱa, donde el Bloque ha optado por la discreción ante denuncias similares dentro del PSOE local, no hace mĆ”s que subrayar este patrón de comportamiento adaptable. Pero es en Lugo donde la contradicción se ha hecho carne, votación a votación. Lo que queda despuĆ©s de este viraje no es solo un gobierno provincial en precario, sino la profunda erosión de la credibilidad de un proyecto polĆtico que hizo de la coherencia su principal bandera de venta.

