«El ‘blackout’ estratégico: Lugo ahorra en luz para que los visitantes no vean el deterioro»
Parece que el Ayuntamiento de Lugo ha descubierto una novedosa estrategia de ahorro energético y, de paso, una metáfora urbanística perfecta: sumir en la más absoluta y deliberada oscuridad puntos clave de la ciudad. No es un apagón, insistimos, es una «adaptación retiniana progresiva». Un brillante (nunca mejor dicho) plan para que la retina de los lucenses y lucenses se acostumbre, lenta e irreversiblemente, a la falta de claridad. Al fin y al cabo, ¿para qué ver con detalle el deterioro cuando se puede disfrutar de su silueta difuminada?
Durante años, este tratamiento de choque lumínico (o más bien, la falta de él) se ha aplicado con paciencia quirúrgica a vecinos de ciertas zonas. Un proceso lento, casi homeopático, para que la queja se diluya en la costumbre. «Al principio protestábamos, pero ahora nuestro ojo izquierdo ve en infrarrojos y el derecho distingue cinco nuevos tonos de gris», comenta un vecino del área, mientras tropieza elegantemente con el mismo bordillo por décima vez esta semana.

Pero la genialidad del plan alcanza su cénit en: el área de autocaravanas y los accesos al Pazo. Aquí es donde la jugada maestra se revela. Lugo no se conforma con que sus habitantes vivan en la penumbra; quiere que los visitantes también vivan la «experiencia completa». Imagínense: turistas que llegan con sus casas a ruedas, esperando una acogida luminosa, y se encuentran con que el aparcamiento parece el escenario de una película de terror low-cost. Es la bienvenida más honesta que puede ofrecer una ciudad: «Estás entrando en la oscuridad, literal y metafórica. Ajusta tus faros y tus expectativas».
Y luego están los que se dirigen al Pazo. El contraste es pedagógico. Mientras algunas zonas del centro mantienen un tenue pulso lumínico, el camino hacia ciertas instituciones es un salto al abismo. Es una lección objetiva de prioridades. Una metáfora caminable: cuanto más te acercas a algunos símbolos, menos se ve. Profundo, ¿verdad? Y resbaladizo.
Porque no nos engañemos. Esta falta de luz no es un despiste de un electricista despistado. Es el síntoma perfecto, iluminado por su ausencia, de la situación política y de abandono que sufre la ciudad. Lugo no se apaga porque fallen las bombillas; Lugo se apaga porque el interruptor general del interés, la planificación y la inversión lleva años en posición «off». La oscuridad es la explicación más entendible para cualquiera que pregunte por qué la ciudad se deteriora: es difícil cuidar (y ver) lo que permanece invisible.
Hablamos, no lo olvidemos, de un punto estratégico para el turismo moderno (las autocaravanas son oro sobre ruedas) y para el disfrute ciudadano (el Pazo y su entorno). Mantener una iluminación adecuada no es un lujo, es lo mínimo para no dar una imagen de ciudad abandonada y, sobre todo, para garantizar la seguridad. Pero parece que la estrategia es otra: ofrecer un safari urbano a ciegas, donde la emoción del posible tropiezo se suma al encanto de la muralla.
Ante este panorama de negrura brillantemente orquestada, solo nos queda una herramienta: la petición formal. Por ello, hemos presentado una solicitud en la comisión correspondiente para que, por favor, «se incremente la iluminación en toda el área». Pedimos luz. Mucha luz. Una luz cegadora que alumbre no solo los caminos y los aparcamientos, sino también los despachos donde se toman estas decisiones. A ver si así, de una vez por todas, alguien ve claro lo que está pasando.
Mientras tanto, Lugo sigue siendo la ciudad donde el futuro no brilla… ni siquiera titila. Es una opción política. Y, al parecer, muy, muy oscura.

