01/04/2026

Rubén Arroxo se enmienda a sí mismo: la improvisación como seña de identidad del gobierno local de Lugo

El teniente de alcalde anuncia en diciembre que no prorrogará el contrato del transporte urbano, y en marzo lleva a junta de gobierno… la prórroga. Once años de concejal no evitan las muestras de inexperiencia

Hay decisiones políticas que resisten el paso del tiempo, y luego están las de Rubén Arroxo, que no resisten ni tres meses. El teniente de alcalde de Lugo y responsable del área, con once años de concejalía a sus espaldas y siete como número dos del gobierno local, ha vuelto a demostrar que la improvisación no es un accidente en su gestión: es el método.

Corría el 29 de diciembre de 2025 cuando Arroxo comparecía para anunciar, con esa seguridad que da no haber consultado previamente con los servicios técnicos, que el contrato del transporte público no se prorrogaría. «En junio de este año finaliza y no habrá prórroga», sentenció. Como guinda, prometió que en enero iniciarían los trabajos para una nueva licitación. Todo muy firme, muy decidido, muy… irreal.

Porque lo que nos encontramos estos días es exactamente lo contrario. El orden del día de la junta de gobierno de mañana, 18 de marzo, incluye la aprobación de la prórroga del contrato de gestión del servicio público de transporte regular de viajeros. Ese mismo que, según Arroxo, iba a extinguirse sin posibilidad de continuidad.

La plegaria que se disfrazó de anuncio

Lo realmente sorprendente no es que se haya rectificado —rectificar es de sabios, dicen—, sino que alguien con once años de experiencia institucional pudiera pensar que era viable preparar unos pliegos de un contrato tan complejo en apenas seis meses. Anunciar en diciembre que en enero empezarían a trabajar para tenerlo todo listo en junio sonaba menos a planificación rigurosa y más a petición dirigida a un ser omnipotente. «Por favor, que los pliegos se redacten solos». No sucedió, claro. Ni iba a suceder.

La elaboración de unos pliegos para un servicio tan estratégico como el transporte público —junto con la limpieza y la recogida de basura, el contrato más importante de cualquier ciudad— requiere estudios de demanda, análisis de necesidades, consultas, informes jurídicos, alegaciones… Hablamos de procesos que fácilmente superan el año. Pero en la cabeza de Arroxo, todo iba a cuadrar como por arte de magia. La magia no llegó, y ahora toca enmendar su propio anuncio con una prórroga que dijo que no existiría.

El síndrome de la cámara de bajas emisiones

El problema no es nuevo. Quienes siguen la actualidad municipal recordarán lo ocurrido hace pocas semanas con el contrato de las cámaras para la zona de bajas emisiones. Se anunció la licitación con gran boato y, a los pocos días, se retiró tras una reclamación. «No era ilegal», se apresuraron a matizar desde el gobierno local, pero el resultado fue el mismo: licitación retirada. Otra vez a empezar.

Lo preocupante no es que se produzcan correcciones en los procedimientos administrativos —que las haya—, sino la reiteración del patrón: se anuncia con rotundidad, se descubre que no era posible y se rectifica con disimulo. Una vez puede ser un error; dos veces empieza a ser una forma de gobernar.

Una ciudad de 100.000 habitantes no merece este transporte

Y todo esto ocurre mientras Lugo supera ya de forma estable los 100.000 habitantes, captando población del resto de municipios de la provincia. Una ciudad de este tamaño necesita un transporte público diseñado con visión estratégica, no a golpe de ocurrencia. Necesita  frecuencias dignas, intermodalidad, electrificación de flota, accesibilidad universal. Necesita, en definitiva, un Plan de Movilidad Urbana que ponga el autobús en el centro y no en los márgenes.

Porque un buen transporte público en una ciudad de 100.000 habitantes no es un lujo: es una necesidad. Reduce la congestión, mejora la calidad del aire, garantiza equidad social (entre un 30 y un 50% de la población no tiene coche propio), genera ahorro económico y permite un desarrollo urbano más compacto y humano. Es, además, una exigencia legal desde la Ley de Movilidad Sostenible.

Pero nada de eso se construye con anuncios improvisados que duran lo que un tuit. Se construye con planificación, con participación ciudadana, con informes técnicos, con plazos realistas. Y, sobre todo, con la humildad de no prometer lo que no se puede cumplir.

Gobernar no es pedir deseos

Rubén Arroxo tiene once años de concejal. Once años. Tiempo más que suficiente para saber que un contrato de transporte no se reinventa en seis meses, que las prórrogas no se anuncian sin comprobar antes su viabilidad jurídica y que gobernar no consiste en lanzar globos sonda con forma de rueda de prensa.

El problema de fondo no es la prórroga en sí —que quizá sea hasta lo más sensato—, sino la distancia entre lo que se dice y lo que se hace, entre el anuncio y la realidad. Entre el Arroxo de diciembre y el de marzo. Entre la ciudad que Lugo merece y la gestión que padece.

Mientras tanto, el transporte público sigue esperando. Y los lucenses, también.

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